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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Jesús es maravilloso 

Notas de Elena G. de White 

Lección 5 

3 de Mayo de 2008 

La maravilla de sus obras 



Sábado 26 de abril 

Cuando Cristo vio las multitudes que se habían reunido alrededor de él, "tuvo compa- 
sión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen 
pastor". Cristo vio la enfermedad, la tristeza, el dolor y la degradación de las multitudes 
que se agolpaban a su paso. Le fueron presentadas las necesidades y desgracias de 
todos los seres humanos. En los encumbrados y los humildes, los más honrados y los 
más degradados, veía almas que anhelaban las mismas bendiciones que él había ve- 
nido a traer; almas que necesitaban solamente un conocimiento de su gracia para lle- 
gar a ser subditos de su reino {Consejos sobre la salud, p. 13). 

Cristo tuvo relación con todas las ramas de la obra. Él no hizo ninguna división. No 
pensó que usurpaba los derechos de los médicos cuando sanaba a los enfermos. Pro- 
clamó la verdad, y cuando los enfermos venían a él buscando curación, les preguntaba 
si creían que él podía sanarlos. Estaba tan listo a colocar las manos sobre el enfermo y 
el afligido para curarlos, como lo estuvo para predicar el evangelio. Se sentía tan en lo 
suyo haciendo esta labor como proclamando la verdad; pues la curación de los enfer- 
mos es parte del evangelio (El ministerio médico, p. 314). 



Domingo 27 de abril 

¿Qué hombre es éste? (Mateo 8:25-27) 

Al acercarse a Jesús, este hombre estaba lleno de lepra. La ponzoña mortal había pe- 
netrado todo su cuerpo. Los discípulos querían evitar que su Maestro le tocara, pues el 
que tocaba a un leproso quedaba también inmundo. Pero al poner la mano sobre él, 
Jesús no se contaminó. La lepra fue limpiada. Así sucede con la lepra del pecado, tan 
profundamente arraigada, tan mortífera, tan imposible de curar por el poder humano. 
"Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la 
cabeza no hay en él cosa ilesa, sino herida, hinchazón y podrida llaga" (Isaías 1:5,6). 
Pero Jesús, al humanarse, no se contamina. Su presencia es virtud curativa para el pe- 
cador. Cualquiera que se postre a sus pies, diciéndole con fe: "Señor, si quisieras, pue- 
des limpiarme", oirá esta respuesta: "Quiero: sé limpio". 

En algunos casos de curación, no concedía Jesús en el acto el beneficio pedido. Pero 
en este caso de lepra, apenas oyó la petición la atendió. Cuando oramos para pedir 



bendiciones terrenales, la respuesta a nuestra oración puede tardar, o puede ser que 
Dios nos dé algo diferente de lo pedido; pero no sucede así cuando le pedimos que nos 
libre del pecado. Es su voluntad limpiamos de pecado, hacemos sus hijos y ayudamos 
a llevar una vida santa. Cristo "se dio a sí mismo por nuestros pecados para libramos 
de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro" (Gálatas 
1 :4). "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si demandáremos alguna cosa 
conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa 
que demandáremos, sabemos que tenemos las peticiones que le hubiéramos deman- 
dado" (1 Juan 5:14, 15) {El ministerio de curación, pp. 46, 47). 

Cuando fue bruscamente despertado por los pescadores aterrorizados, Jesús no temió 
por sí mismo; su preocupación eran sus discípulos que habían desconfiado de él en 
ese tiempo de peligro. Los reprochó por sus temores, que manifestaban incredulidad. Si 
lo hubieran llamado en los primeros momentos de peligro les hubiese evitado toda an- 
siedad, pero en su esfuerzo por salvarse ellos mismos, se olvidaron que Jesús estaba a 
bordo. Cuántos, al enfrentar las pruebas de la vida, sus perplejidades y peligros, pelean 
solos contra la adversidad, olvidándose que hay Uno que puede ayudarlos. Confían en 
su propia fuerza y habilidad hasta que, confundidos y desanimados, recuerdan a Jesús 
y le piden que los salve. Y aunque él con tristeza les reprocha su incredulidad y con- 
fianza propia, nunca deja de escuchar su clamor y darles la ayuda que necesitan. 

Sacudido por las ondas de las profundidades, el cansado viajero debiera recordar que 
Jesús ya enfrentó el peligroso mar; que su voz ordenó a la terrible tormenta calmarse; 
que los enfurecidos elementos obedecieron su mandato y que sus fieles seguidores es- 
tuvieron a salvo. Cuando las olas amenazan con hundir nuestro barco y los relámpagos 
muestran la furia que puede provocar una destrucción repentina, en nuestro peligro de- 
bemos recordar que Jesús está a bordo; que escucha nuestro clamor y que nunca 
abandona a los que confían en él. 

Ya sea que estemos en mar o en tierra, caminando o durmiendo, si tenemos al Salva- 
dor en nuestros corazones no necesitamos temer, porque el llamado de fe siempre re- 
cibirá respuesta. Puede ser que seamos reprochados por no buscarlo al principio de 
nuestra prueba, pero de todas maneras aceptará nuestra humilde petición, cansados 
de haber hecho lo posible por salvamos a nosotros mismos. Una fe viviente en nuestro 
Redentor calmará el mar de la vida y nos salvará de los peligros en la forma que él 
considere mejor (Folleto: Redemption: or the Miracles of Chirist, thíe Mighity One, 
pp. 85, 86). 



Lunes 28 de abril 

La absoluta maravilla de ello 

Cristo era, en todo el sentido de la palabra, un misionero médico. Vino a este mundo a 
predicar el evangelio y a sanar a los enfermos. Vino como sanador de los cuerpos tanto 
como de las almas de los seres humanos. Su mensaje era que la obediencia de las le- 
yes del reino de Dios proporcionaría salud y prosperidad a los hombres y mujeres... 



Cristo pudo haber ocupado la posición más elevada entre los más destacados maes- 
tros de la nación judía. Pero eligió en cambio llevar el evangelio a los pobres. Fue de 
lugar en lugar, para que los que se encontraban en los lugares poblados y en los sitios 
apartados pudieran comprender las palabras del evangelio de la verdad. Trabajó en la 
forma como desea que sus obreros trabajen en la actualidad. Junto al mar, sobre la fal- 
da de la montaña, en las calles de la ciudad, se oyó su voz que explicaba las escrituras 
del Antiguo Testamento. Su explicación fue tan distinta de la explicación dada por los 
escribas y fariseos, que llamó la atención de la gente. Enseñó como alguien que tenía 
autoridad, y no como los escribas. Proclamó el mensaje evangélico con claridad y po- 
der. 

Nunca existió un evangelista como Cristo. Era la mayúscula majestad del cielo, pero se 
humilló para adoptar nuestra naturaleza a fin de encontrar a los hombres en el lugar 
donde están. Cristo, el Mensajero del pacto, llevó las nuevas de la salvación a todos, ri- 
ca y pobre, libre y esclavos. ¡Cómo se agolpaba la gente junto a él! Venían de lejos y 
de cerca en busca de sanamiento, y él los sanaba a todos. Su fama como Gran Sana- 
dor se difundió por toda Palestina, desde Jerusalén hasta Siria. Los enfermos acudían 
a los lugares por donde pensaban que pasaría, a fin de pedir su ayuda, y él los sanaba 
de sus enfermedades. También acudían los ricos ansiosos de escuchar sus palabras y 
de recibir un toque de su mano. Así iba de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, pre- 
dicando el evangelio y sanando a los enfermos -el Rey de gloria ataviado con el humil- 
de ropaje de la humanidad. "Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por 
amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis 
enriquecidos" (2 Corintios 8:9) {Consejos sobre la salud, pp. 314, 315). 

"IVIientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. Y echado fuera el 
demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa 
semejante en Israel" (S. IVIateo 9:32, 33). Estos actos, que contrastaban las obras mise- 
ricordiosas de Cristo con la actitud de los sacerdotes y fariseos, los exasperaba a 
éstos, y en lugar de aceptar las evidencias que podían suavizar sus orgullosos e impíos 
corazones, se llenaban de prejuicio, resistencia y oposición. Pero el pueblo reconocía lo 
genuino de su poder y sus enemigos no podían evitar que lo siguieran {Manuscript Re- 
leases, tomo 16, p. 93). 



Martes 29 de abril 

El motivo detrás de ello (Mateo 4:23-25) 

En una ocasión Cristo se encontró en un lugar desierto rodeado de una multitud que lo 
había seguido para escuchar sus palabras. "Y al ver las multitudes, tuvo compasión de 
ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor 
(IVIateo 9:36). El alma del Redentor se llenó de compasión por ese pueblo cansado. Su 
debilidad física y sus sufrimientos despertaban su más profunda simpatía y deseaba 
aliviarles del hambre y la sed que había hecho desmayar a algunos en el camino. Es 
que en ese corazón lleno del amor infinito no había lugar para ser indiferente frente a 
los que necesitaban ayuda. 



Ese Salvador compasivo, cuyo corazón se conmovía por sus enfermedades, vio una 
necesidad mayor que la del sufrimiento físico; vio síntomas de una enfermedad más 
profunda; fueron los corazones enfermos, las penas del alma, lo que había llevado al 
Gran IVIédico a venir a esta tierra como el Restaurador. Aunque las necesidades del 
cuerpo lo conmovían, mucho más era movido a compasión por las necesidades del al- 
ma. Por eso, después de suplir sus necesidades externas, se dedicaba a ministrar sus 
almas. IVIuchos en la multitud nunca olvidarían lo que habían experimentado ese día. 
Además de haber sido alimentados y sanados físicamente, sus sentidos espirituales 
que habían estado dormidos habían sido despertados y comenzaron a vivir una nueva 
vida... 

Esa compasión que Cristo mostró por las multitudes no era un sentimiento extraño para 
él, porque ese amor y esa compasión también llenan el corazón del Padre. "Porque de 
tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito; para que todo aquel 
que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). Fue esa compasión la 
que trajo a Cristo desde el cielo; la que lo llevó a revestir su divinidad con humanidad a 
fin de alcanzar a la humanidad; la que le permitió mostrar una ternura y simpatía sin 
s por los seres humanos en su condición caída (Signs ofthe Times, 25 de 



"Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de 
ellos estaban enfermos" (IVIateo 14:14). 

Jesús, precioso Salvador, nunca parecía cansarse de las impertinencias de las almas 
enfermas de pecado y de los enfermos de toda suerte de dolencias. "Y salió Jesús y vio 
una gran multitud, y tuvo compasión de ellos" (IVIarcos 6:34). Esto significa mucho para 
los dolientes. Él identificó sus intereses con los de ellos. Compartió sus cargas. Sintió 
sus temores. Tenía una anhelante compasión que era dolor para el corazón de Cristo. 

Oh, qué amor, qué amor incomparable. Se volvió uno con nasa'" tras para poder parti- 
cipar con la humanidad en todas sus vicisitudes {A fin de conocerle, p. 49). 



Miércoles 30 de abril 

Señales de un nuevo día (Mateo 11:2-6) 

Desde la cárcel de Heredes, donde, defraudadas sus esperanzas, Juan Bautista velaba 
y aguardaba, mandó dos de sus discípulos a Jesús con el mensaje: "¿Eres tú aquél 
que había de venir, o esperaremos a otro?" (IVIateo 1 1 :3). 

El Salvador no respondió en el acto a la pregunta de estos discípulos. IVIientras ellos 
esperaban, extrañando su silencio, los afligidos acudían a Jesús. La voz del poderoso 
IVIédico penetraba en el oído del sordo. Una palabra, el toque de su mano, abría los 
ojos ciegos para que contemplasen la luz del día, las escenas de la naturaleza, los ros- 
tros amigos, y el semblante del Libertador. Su voz llegaba a los oídos de los moribun- 
dos, y éstos se levantaban sanos y vigorosos. Los endemoniados paralíticos obedecían 
i, les dejaba la locura, y le adoraban a él. Los campesinos y jornaleros po- 



bres, de quienes se apartaban los rabinos por creerlos impuros, se reunían en tomo su- 
yo, y él les hablaba palabras de vida eterna. 

Así transcurrió el día, viéndolo y oyéndolo todo los discípulos de Juan. Finalmente, 
Jesús los llamó y les mandó que volvieran a Juan y le dijeran lo que habían visto y oí- 
do, añadiendo: "Bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí". Los discípu- 
los llevaron el mensaje, y esto bastó. 

Juan recordó la profecía concerniente al Mesías: "Jehová me ha ungido para anunciar 
buenas nuevas a los mansos; me ha enviado para vendar a los quebrantados de co- 
razón, para proclamar a los cautivos libertad, y a los aprisionados abertura de la cárcel; 
para proclamar el año de la buena voluntad de Jehová... para consolar a todos los que 
lloran" (Isaías 61 :1 , 2, V.M.). Jesús de Nazaret era el Prometido. Demostraba su divini- 
dad al satisfacer las necesidades de la humanidad doliente. Su gloria resaltaba por su 
condescendencia al colocarse a nuestro humilde nivel. 

Las obras de Cristo no sólo declaraban que era el IVIesías, sino que manifestaban cómo 
iba a establecerse su reino ... Así también iba Jesús a cumplir su obra, no trastornando 
tronos y reinos, no con pompa ni ostentación, sino hablando a los corazones de los 
hombres mediante una vida de misericordia y desprendimiento (El ministerio de cura- 
ción, pp. 22, 23). 

Los judíos esperaban que el Cristo, en su primer advenimiento, los liberaría del yugo 
romano y colocaría a Israel sobre todos los otros pueblos de la tierra. Buscaban en las 
Escrituras declaraciones que apoyaran sus esperanzas, pero estaban engañados. Apli- 
caban las profecías del Antiguo Testamento referentes a la gloriosa segunda venida de 
Cristo a su primer advenimiento y muchos, aun entre los sabios y educados, se equivo- 
caron. Fue un error fatal {Manuscript Releases, tomo 15, pp. 14, 15). 



Jueves 1 de mayo 

Señal de la restauración final (Hechos 3:19-21) 

La palabra de Dios que ellos profesaban creer especificaba claramente cada detalle del 
ministerio de Cristo, y él citaba una y otra vez las palabras de los profetas, diciéndoles: 
"Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros". Pero sus mentes estaban tan 
concentradas en la esperanza de poder terrenal y la elevación de su nación que des- 
preciaron al humilde Nazareno y no lo aceptaron como su Rey. Si hubieran investigado 
fervorosamente las Escrituras para cotejar sus teorías y expectativas, Jesús no hubiese 
necesitado llorar por su impenitencia ni declarar ""He aquí vuestra casa os es dejada 
desierta"; "por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación". Hubiesen estado al tanto 
de las evidencias de su mesianismo y hubieran evitado las calamidades que dejaron a 
su orgullosa ciudad en ruinas. Sus mentes se habían empequeñecido por los prejuicios 
y la intolerancia, y las lecciones prácticas de Cristo revelaban sus deficiencias. Si acep- 
taban sus enseñanzas debían cambiar sus prácticas, ampliar sus pensamientos y 
abandonar sus acariciadas esperanzas; debían dejar de buscar el honor de los hom- 
bres y tratar de ser honrados por el cielo. Si obedecían las palabras de este nuevo 



"Rabí", tendrían que ir en contra de las opiniones de los grandes maestros y pensado- 
res de su tiempo (Review and Herald, 7 de febrero, 1888). 

El reino de la gracia de Dios se está estableciendo, a medida que ahora, día tras día, 
los corazones que estaban llenos de pecado y rebelión se someten a la soberanía de 
su amor. Pero el establecimiento completo del reino de su gloria no se producirá hasta 
la segunda venida de Cristo a este mundo. "El reino y el dominio y la majestad de los 
reinos debajo de todo el cielo" serán dados "al pueblo de los santos del Altísimo". 
Heredarán el reino preparado para ellos "desde la fundación del mundo". Cristo asu- 
mirá entonces su gran poder y reinará (El discurso maestro de Jesucristo, p. 93). 

El reino de la gracia fue instituido inmediatamente después de la caída del hombre, 
cuando se ideó un plan para la redención de la raza culpable. Este reino existía enton- 
ces en el designio de Dios y por su promesa; y mediante la fe los hombres podían 
hacerse sus subditos. Sin embargo, no fue establecido en realidad hasta la muerte de 
Cristo... 

Pero cuando el Salvador hubo rendido la vida y exclamado en su último aliento: "Con- 
sumado es", entonces el cumplimiento del plan de la redención quedó asegurado. La 
promesa de salvación hecha a la pareja culpable en el Edén quedó ratificada. El reino 
de la gracia, que hasta entonces existiera por la promesa de Dios, quedó establecido. 

Así, la muerte de Cristo -el acontecimiento mismo que los discípulos habían considera- 
do como la ruina final de sus esperanzas- fue lo que las aseguró para siempre. Si bien 
es verdad que esa misma muerte fuera para ellos cruel desengaño, no dejaba de ser la 
prueba suprema de que su creencia había sido bien fundada. El acontecimiento que los 
había llenado de tristeza y desesperación, fue lo que abrió para todos los hijos de Adán 
la puerta de la esperanza, en la cual se concentraban la vida futura y la felicidad eterna 
de todos los fieles siervos de Dios en todas las edades (El conflicto de los siglos, p. 
396).